Los resultados ponen de relieve el potencial de los programas de ayuda directa en metálico para salvar vidas y aportan ideas a los planes de la Alianza para la Vía Rápida.

Un estudio a gran escala realizado en Kenia ha revelado que proporcionar una transferencia única de efectivo de $1.000 a familias que viven en la pobreza redujo la mortalidad infantil en 48%, una de las mayores reducciones jamás registradas en un programa de reducción de la pobreza. La investigación, dirigida por expertos de la Universidad de California en Berkeley y la Universidad de Oxford, realizó un seguimiento de más de 100.000 nacimientos en zonas rurales en colaboración con la organización GiveDirectly.
Los resultados muestran que la ayuda económica inmediata permitió a las embarazadas reducir la actividad física extenuante al final del embarazo, mejorar la nutrición y acceder a los servicios sanitarios, lo que se tradujo en más partos hospitalarios y mayores tasas de supervivencia neonatal. Entre los bebés menores de 30 días, la mortalidad descendió hasta 63%.
Otro dato clave es que los efectos positivos fueron aún mayores cuando las transferencias se realizaron poco antes del parto y en comunidades más cercanas a centros sanitarios con personal médico. Esto demuestra que las transferencias de efectivo no deberían sustituir a las inversiones en sistemas sanitarios, sino complementarlas, amplificando su impacto al facilitar el acceso a los servicios sanitarios.
El estudio refuerza que la pobreza es uno de los principales determinantes de la supervivencia infantil y que las transferencias directas de efectivo deben considerarse una herramienta estratégica para atajar las muertes evitables. Como señalan los investigadores, dar dinero en efectivo a las madres puede ser una de las formas más eficaces de salvar la vida de los niños, al mismo nivel que otros tipos de intervenciones sanitarias. Las transferencias de efectivo también pueden generar un multiplicador económico.
Para la Alianza Global contra el Hambre y la Pobreza, este estudio proporciona una visión crítica para los planes de implementación de Fast Track existentes, en particular los relacionados con las transferencias de efectivo y la asistencia infantil, subrayando la importancia de las soluciones basadas en la evidencia para acelerar el fin del hambre y la mortalidad infantil.