La idea de que la crisis climática desvía la atención y la financiación mundial de la erradicación de la pobreza y el hambre perpetúa una peligrosa idea errónea de ambos problemas. Para millones de las personas más pobres del mundo, el cambio climático no es un riesgo futuro sino una realidad presente, que exacerba las vulnerabilidades y desigualdades que bloquean las rutas de escape de la pobreza extrema.
La experiencia de Brasil resulta instructiva. Bajo el mandato del presidente Luiz Inácio Lula da Silva, la protección social ha desempeñado un papel fundamental no solo en la reducción de la pobreza y la lucha contra el hambre, sino también en la adaptación al cambio climático. Se han realizado esfuerzos para exportar este modelo mediante la creación de la Alianza contra el Hambre y la Pobreza Global, establecida durante la presidencia brasileña del G20. Esta plataforma internacional podría permitir a los donantes, los bancos multilaterales de desarrollo y los organismos de las Naciones Unidas poner en común sus recursos y canalizarlos a través de sistemas nacionales de protección social que respondan a los riesgos climáticos. Tal y como sostiene un informe del ODI, este enfoque ayudaría a evitar la duplicación de esfuerzos, reducir los costes de transacción y disminuir las ineficiencias.
Foto: FAO/Candida Villa-Lobos