La justicia comienza cuando ningún niño pasa hambre

En este artículo de opinión, Dana Buzducea, Responsable de la Asociación en World Vision International, afirma que eliminar el hambre infantil es una obligación política, no una ocurrencia tardía con motivo de la Jornada Mundial por la Justicia Social.

Unas niñas se cogen de la mano mientras corren por un sendero en Muchila AP, Zambia. Foto: Jon Warren/World Vision International

En este Día Mundial de la Justicia Social, debemos afrontar una verdad incómoda: una sociedad que permite que los niños se acuesten con hambre viola no sólo la lógica económica, sino los derechos humanos básicos.

El hambre es una opción política

Tras más de tres décadas colaborando con gobiernos e instituciones multilaterales, estoy convencido de lo siguiente: el hambre y la pobreza infantiles persisten no porque carezcamos de soluciones, sino porque no les hemos dado prioridad. Sabemos lo que funciona. El Banco Mundial y otros organismos han demostrado sistemáticamente que inversión en nutrición temprana produce algunos de los mayores beneficios del desarrollo, mejorando los resultados educativos y los ingresos a lo largo de la vida. Sabemos cómo los sistemas alimentarios influyen en los medios de subsistencia y la dieta. Disponemos de datos sobre alimentación escolar, protección social y nutrición comunitaria que pueden ampliarse.

Lo que falta no son conocimientos. Es voluntad política. Cuando los recursos son limitados, las prioridades revelan los valores. Si millones de niños pasan hambre en un mundo de riqueza sin precedentes, no es inevitable. Es un designio.

El coste humano detrás de los datos

En la actualidad, alrededor de 181 millones de niños menores de cinco años -uno de cada cuatro en todo el mundo- están atrapados en una grave pobreza alimentaria infantil. No se trata de un problema marginal, sino de un fracaso mundial a gran escala. Estadísticas como ésta pueden hacer que el hambre parezca abstracta. Pero no lo es. Mbalenhle, una niña de 14 años beneficiaria del programa Eswatini de World Vision, lo describe con dolorosa claridad:

“Muchos de nosotros venimos a la escuela sin comer. Cuando tenemos hambre, es difícil escuchar, aprender o incluso jugar. El hambre nos cansa y nos impide concentrarnos en clase”.”

Sus palabras captan lo que los modelos económicos a menudo ocultan. El hambre no sólo priva a los niños de nutrientes, sino también de atención, curiosidad y confianza. Disminuye las aulas antes que el mercado laboral.

En World Vision, creemos que todos los niños tienen derecho a prosperar y a experimentar la plenitud de la vida. El hambre y la malnutrición crónicas durante los periodos críticos de crecimiento socavan el desarrollo cognitivo, limitan la capacidad de aprendizaje y reducen los logros educativos, con consecuencias de por vida para los ingresos y las oportunidades. Esta es precisamente la premisa de la iniciativa de World Vision BASTA campaña: eliminar el hambre infantil no es un objetivo social periférico, sino una prioridad económica y estructural básica.

Cuando los niños pasan hambre, el impacto va mucho más allá del individuo. La adquisición de aptitudes se reduce, los ingresos futuros disminuyen y, en términos macroeconómicos, la sociedad se enfrenta a un choque de inversión negativo. En términos humanos, es un niño que se esfuerza por concentrarse en clase porque tiene el estómago vacío.

Los gobiernos que promueven la competitividad, la innovación y el crecimiento deben reconocer la contradicción: una mano de obra dinámica para apoyar la economía no puede surgir de una infancia definida por la privación.

La justicia exige opciones estructurales

Comencé mi andadura profesional en un mundo marcado por la Convención de las Naciones Unidas sobre los Derechos del Niño, que estableció que el interés superior del niño debe ser una consideración primordial en las decisiones públicas. No era un lenguaje simbólico. Era una norma con respecto a la cual debía medirse la política. Hoy, esa norma parece diluida.

Debatimos sobre el espacio fiscal, pero pasamos por alto dónde genera cada libra o dólar el mayor rendimiento a largo plazo. Diseñamos estrategias de transición para proteger a los trabajadores actuales, pero dudamos en invertir sistemáticamente en los niños que heredarán las economías transformadas. Si la justicia social significa algo, debe significar corregir los desequilibrios estructurales que niegan a los niños la igualdad de oportunidades desde el principio.

Existen plataformas creíbles para hacerlo. En Alianza Mundial contra el Hambre y la Pobreza ofrece a los gobiernos un marco para alinear la reforma de los sistemas alimentarios, la adaptación al clima y la reducción de la pobreza con resultados mensurables en materia de capital humano. Las herramientas existen. Los mecanismos de financiación están evolucionando. Hay asociaciones disponibles.
La cuestión es si los niños están integrados en estas estrategias o son un apéndice de las mismas.

Un momento de decisión

En este Día Mundial de la Justicia Social, el llamamiento es directo.

Para los ministros que elaboran planes nacionales de transición: Integrar los objetivos de nutrición infantil en los modelos económicos y los marcos presupuestarios. No relegarlos a anexos de política social.

Para las instituciones financieras internacionales: Garantizar que la financiación de la transición promueva explícitamente los resultados en materia de nutrición y seguridad alimentaria, especialmente en los contextos más vulnerables.

Para los líderes políticos: Tratar el hambre infantil como la injusticia que es, no como un daño colateral de reformas complejas. Establecer la infancia como una responsabilidad compartida por todo el espectro político. Los resultados no serán visibles al final de un mandato de cuatro años, pero las implicaciones son de proporciones de tsunami. Tanto el enorme retorno de la inversión en la lucha contra el hambre y la desnutrición infantil como el riesgo de permitir que esta crisis de lenta aparición afecte a las sociedades trascenderán los mandatos y las fronteras antes de lo que pensamos.

La próxima generación no es una beneficiaria lejana de las decisiones de hoy. Son titulares de derechos presentes cuya salud y aprendizaje determinarán si nuestras reformas perduran. Una transición justa no puede construirse sobre estómagos vacíos. Si nos tomamos en serio la justicia, debemos empezar donde es más visiblemente negada: con el niño que hoy va hambriento a la escuela.

Más información sobre los Programas de Apoyo a la Infancia y la Familia

Sobre el escritor

Con más de 30 años de experiencia, Dana Buzducea es la responsable de la Alianza para la Promoción y la Participación Externa de World Vision International, donde dirige los esfuerzos globales para influir en las políticas de protección social sensibles a la infancia, fortalecer las inversiones gubernamentales y multilaterales y avanzar tanto en los Objetivos de Desarrollo Sostenible como en la Convención sobre los Derechos del Niño.

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